El trabajo remoto y yo (segunda parte)

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Hace un mes les escribí sobre mi historia con el trabajo remoto. Con esa entrada quería explicarles mis razones por elegir este estilo de vida y enseñarles cómo se alinea con lo que ando buscando en mi vida en estos momentos.

Sin embargo, no todo lo relacionado con el trabajo remoto es maravilloso, y de eso se trata esta entrada: los retos de trabajar remoto. No, mejor dicho el reto de trabajar remoto. Porque es cierto que hay problemas para armar procesos, establecer comunicación efectiva, mantener la colaboración entre empleados, etc. Pero yo quiero enfocarme en lo personal; en lo que pasamos nosotros como empleados remotos, y lo que considero que es el mayor peligro si no se toman las medidas adecuadas.

Quise esperar este tiempo entre entradas para escuchar sus opiniones y experiencias trabajando remoto (no, definitivamente no fue procrastinando), y así validar y comparar un poco con mi propia experiencia cuando comencé hace unos años. Y aunque todo el mundo tiene sus problemas particulares, hay un comentario que he escuchado en casi todos:

Ahora que estoy trabajando remoto, trabajo aún más que cuando iba a la oficina.

Interesante, ¿no? La lógica diría que trabajaríamos menos, porque probablemente habrá procesos que no puedes realizar si no estás en un espacio físico. O hay menos clientes que atender. O tal vez todo el mundo lo toma más tranquilo porque nadie está encima de sus hombros viendo qué hacen. Pero no es así. Terminamos trabajando más horas, trabajando más duro, y nos cansamos más.

¿Por qué?

Pues la razón principal, a mi entender, es el problema que yace con el trabajo remoto —y la tecnología en general, en especial con los teléfonos inteligentes—: estás más disponible. O mejor dicho, las personas asumen que estás más disponible.

Hay una cierta magia en una oficina con un horario de 9 a 5. Al final de la jornada, cuando comienzas a ver a la gente irse, un peso cae sobre tus hombros y tu silla comienza a sentirse más incómoda. Cada hora después de las 5 se siente como una infinidad y cada minuto sientes el impulso de salir corriendo. Quedarte más tiempo es una decisión que no tomas ligeramente (nota, nada de esto no aplica para trabajólicos). Nadie se atreve a ser el que pone una reunión que evita a otros irse a sus casas, no vaya a ser que lo dejen hablando solo. Luego de que sales, no quieres saber de trabajo. Las personas lo piensan dos veces antes de llamarte para algo de trabajo. Para volver a la oficina luego de que saliste se tiene que estar acabando el mundo.

Pero esto no sucede con el trabajo remoto. No hay oficina que dejar. Cuando terminas de trabajar, ¿a dónde vas? ¿Del comedor a la cocina? La distancia al trabajo se reduce de kilómetros a unos pasos.

Ya no tienes compañeros que respetan la jornada religiosamente y ya se están parando a las 4:59. No hay nada que te ponga ese peso sobre tus hombros y te haga sentir que tienes que dejar de trabajar, mas que tu propia resistencia. Y probablemente puedas resistir mucho más sin la lucha rutinaria contra el tráfico de camino a casa. Porque ya estás en tu casa. Y lo peor es, que tus compañeros lo saben.

Esta disponibilidad es una condición que de repente todo el mundo asume como ley. Porque si estas personas ahora pueden durar hasta las 10 de la noche sentados trabajando, ¿por qué no puedes tú? ¿Qué te hace tan especial?

De repente el trabajo comienza a perder la semblanza de tener un horario fijo y las horas se extienden continuamente, hasta que el cuerpo dé. Esto se vuelve una receta para el fracaso, pues básicamente nos estamos quemando diariamente.

La separación de física de espacio es algo sumamente importante para nosotros como seres humanos. Para muchos, la separación física entre hogar y oficina nos ayuda a tener una separación entre nuestra vida personal y la vida laboral. Pero cuando la separación de ese espacio físico desaparece —cuando nos vemos forzados a vivir y trabajar en un mismo lugar— también se va la separación de nuestro trabajo y nuestra vida.

Cuando comencé a trabajar remoto, tenía un escritorio en mi habitación. Ahí tenía mi computadora, mi monitor, y todo lo demás que necesitaba para trabajar. Este escritorio estaba bien cerca de mi cama, al punto que tenía días que simplemente rodaba de la cama a la silla y comenzaba a trabajar. Esto fue un error muy grave, pues tener el trabajo en mi espacio de descanso (mi habitación) significaba que nunca dejaba de trabajar. El trabajo siempre estaba ahí, viéndome. Y se volvía difícil dejarlo, pues si lo que haría era tirarme a la cama luego de… ¿por qué no trabajar un poquito más? (Trabajar por hora no ayudaba en lo absoluto).

Los que están en contra del trabajo remoto creen que tendrán el problema de que sus empleados van a trabajar menos si están en sus casas… yo creo que el problema es que van a trabajar más. Y vendrá el burn-out.

Yo sufrí el burn-out múltiples veces. El no saber separar los espacios combinados con una cultura tóxica de trabajo donde no se respetaban los horarios, donde era típico ver que alguien entrara a trabajar a las 9 AM y dijera “adiós” a las 9 PM, acabaron conmigo.

Al mudarme, prioricé mucho el poder tener un espacio de trabajo totalmente separado de mi habitación. Y así lo hice. Ahora tengo un escritorio totalmente separado de mi espacio de descanso, y cuando me siento a trabajar, ya mi mente entra en modo trabajo. Y cuando me paro, pues ahí quedó el trabajo. Mi laptop ya no entra en mi habitación; me compré un iPad para poder ver Netflix sin tener que arrastrar el trabajo conmigo. Puse horarios a las notificaciones de Slack; nada de notificaciones antes de las 9 AM ni después de las 7 PM.

Esto es algo que tienen que enseñarles a sus compañeros, porque tal vez ustedes son lo suficientemente conscientes para poder ver el desastre que se asoma en el horizonte, pero otros no. Ahora en tiempos de pandemia es incluso peor. No ven que no hay problema con tener una reunión de 3 horas que inicie a las 5 de la tarde, porque, total, ¿a dónde vas a ir? No puedes salir de tu casa, hay toque de queda.

Lo que yo digo: eso no importa. El desconectarse del trabajo es algo necesario para mantener nuestra salud mental. Aún yo me quede sentado en la misma silla y en el mismo escritorio, hay una cierta paz que da el cerrar Slack y decir “acabé por hoy”.

En un mundo ideal, los empleadores serían más responsables de ejercer horarios que cuiden a sus empleados, pero no es así. Muchas de las organizaciones en las que trabajamos están luchando con apenas entender cómo existir en esta nueva normalidad; la prioridad ahora mismo no está en la salud mental de sus empleados, desafortunadamente. Pero esto ocurre hasta en compañías que privan de ser remote first. Hasta en las mejores familias.

Tomen el tiempo de hacer sus rutinas matutinas. Yo empiezo y termino mis días de trabajo con una ducha; eso me ayuda a prepararme para el día y botar el estrés acumulado durante la jornada. Separen sus espacios; tengan un lugar en la casa donde puedan sentarse a trabajar, pero también puedan pararse y dejar el trabajo hasta el próximo día. No trabajen en la cama. De verdad, no lo hagan. No asocien la cama con trabajo, eso sí que jode en varios niveles.

Son medidas que hay que tomar para poder cuidarse. Pocos empleadores son lo suficientemente empáticos para cuidarte a ti. Y la salud va primero.

El distanciamiento social nos ha quitado nuestro espacio físico.

Nos toca a nosotros crear ese espacio en nuestras mentes.